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Una manifestación por la unidad de España

La masiva manifestación que tuvo lugar en Madrid el 10 de febrero para protestar por las políticas del gobierno español en relación a sus presuntas capitulaciones ante el nacionalismo catalán, concentración bajo el lema de la defensa de la unidad de España y para exigir la convocatoria de unas engañosamente prometidas elecciones, ha dado lugar, como siempre ocurre en estos casos, a interpretaciones varias antes y después de su celebración.

Como era de prever, las cifras sobre la asistencia que se barajan no es que sean diferentes según cual sea el origen de la información, es que son absolutamente dispares. La Delegación del Gobierno en Madrid, fiel y leal con sus mandamases y superiores jerárquicos, tenía que moderar los números y cifró la concurrencia en 45.000 manifestantes mientras que la organización del evento, obligada a transmitir una imagen de presencia masiva de indignados, la elevó hasta los 200.000. Una de las explicaciones para esta gran desemejanza pudiera ser que los primeros solo contaran a los ocupantes de la plaza de Colón, algo que sería un engaño, mientras que los segundos contabilizaran también a los que lo hacían en las calles adyacentes, lo que resulta por tanto más creíble; es posible que también estos hayan dado unas cifras infladas, pero la observación de las imágenes que muchos medios han evitado mostrar, parecería acercarnos más a este último dato. No podemos saber cual es la auténtica realidad, pero en casos como el presente lo que se suele hacer y resulta más verosímil es calcular la media aritmética, por lo que la presencia debió de estar como mínimo en torno a los ciento veintitrés mil peticionarios que reclamaban unas nuevas y urgentes elecciones en España, aunque es un dato que nunca conoceremos con certeza. A estas cifras habría que añadirles las de bastantes miles de manifestantes en otras concentraciones que han tenido lugar en diversas ciudades, que han merecido poca atención en muchos de los medios y sin que todas estas protestas fueran citadas. En cualquier caso estarán mas cerca de haber sido las manifestaciones históricas que reclaman los unos que un fracaso como lo tildan los otros.

Sin embargo, entendemos que hay dos hechos que han quedado patentes. El primero, ya lo sabíamos, es que la capacidad de movilización de masas que tienen la izquierda y los nacionalistas cuando convocan a sus simpatizantes para sus grandes manifestaciones -hay también muchas muy minoritarias a las que se presta una excesiva atención- es mayor que la de las derechas; las razones para esta diferencia podrían ser objeto de un análisis y un debate que no pretendemos abordar ahora. El segundo hecho a constatar es que esta protesta ha sido una de las mayores, si no la mayor, de las que se han congregado por los conservadores de uno u otro signo. Las personas que votan a las derechas son, por lo general, gentes de orden poco proclives a la algarada callejera y esa pudiera ser una de las razones antes ya aludidas además del poco tiempo que medió entre la convocatoria y su ejecución. Tampoco es baladí el extraordinario orden y la limpieza que se mantuvo por estos "extremistas" que no quemaron contenedores ni destrozaron cajeros, donde no hubo detenidos ni policías heridos como sucede en otras de algunos, tan "democráticos" ellos. Por lo tanto, Sánchez debiera tomar buena nota de lo ocurrido ya que estas últimas protestas resultan muy significativas, máxime si tiene en cuenta que no pocos de sus barones actuales, casi todos los líderes históricos del partido -alguno asistió a la manifestación de Madrid- y no pocos votantes del PSOE, algunos de los cuales asistieron portando pancartas en las que manifestaban su adscripción socialista, comparten las demandas de los que se manifestaron. Y él lo sabe.

No es de recibo justificarse diciendo que eran todos de extrema derecha por el hecho de que Vox se haya sumado a la manifestación. Ésta fue convocada por PP y Ciudadanos y los de Abascal se sumaron lo mismo que hicieron otros como Foro Asturias, el Partido Aragonés (PAR), UPN, UPyD que no es un precisamente un partido conservador o incluso la Falange, aunque sea cierto que Vox tuvo una participación más activa que los otros. Se sumó quien quiso y sin banderas de partidos, solo con la enseña de España (que incluye a todas las de las Comunidades Autónomas y por supuesto a Cataluña).
A modo de inciso permítaseme citar que en la reunión que el día anterior había sostenido Sánchez con sus correligionarios en Baracaldo, hubo muchas ikurriñas y ni una sola bandera de España. Algo legítimo, por supuesto, pero una diferencia que denota una vez más ese comezón, esa inexplicable desazón que ciertos izquierdistas suelen sentir ante la rojigualda.

No vale ninguna excusa; el derecho de manifestación alcanza a todos y no se puede negar legitimidad a aquellos que piensan de modo diferente. No se puede insultar a quienes se manifiestan pacíficamente en uso de un derecho legítimo, catalogándoles como extremistas porque no acepten nuestra forma de gobernar. El texto del manifiesto fue impecable y no puede Sánchez venirnos con el cuento del extremismo de derechas cuando él lleva aceptando los apoyos de extremistas de izquierdas y de presuntos golpistas nacionalistas desde hace años. Y no nos va a engañar diciendo que, a diferencia de lo que ocurre ahora, él fue leal al gobierno cuando estaba en la oposición. Estamos seguros de que el PSOE que estuvo regido un tiempo por la gestora que encabezó el asturiano Javier Fernández, se hubiese comportado con dignidad y hubiese llevado a cabo una oposición leal y constructiva, pero lo de Sánchez es otra cosa; por supuesto que no negaremos que su llegada al poder fue legal y legítima dentro de lo que cabe, pero de que su postura fue desleal e indigna tampoco nos cabe la menor duda. Y de su capacidad para vender a España a cambio de un día más en la Moncloa tampoco.

Justo antes de que se produjeran y tal vez con el ánimo de restar trascendencia a las manifestaciones, ya tuvieron éstas como consecuencia que el gobierno dijera que reculaba, que daba por rotas las relaciones con los nacionalistas y que retiraba el compromiso de utilizar un relator. El problema sigue siendo que no le podemos creer, que con los antecedentes que conocemos esta actitud no nos inspira la menor confianza, aunque de esas sospechas nos podrían sacar, o no, las votaciones sobre los presupuestos: si todos los independentistas votan afirmativamente es que habrá habido cesiones y si votan que no, ya veremos qué puede suceder en el futuro, pero de momento el jefe del ejecutivo les ha amenazado con unas posibles elecciones el próximo 14 de abril, curiosamente el mismo día que se proclamó la segunda república. Elecciones que serían bienvenidas por todos aunque no podemos estar seguros de que éste no sea un "farol" de PS a la desesperada.
Y qué vamos a decir de la vicepresidenta, doña Carmen Clavo, cuya cabeza ya empiezan a pedir incluso ministros del gabinete como Ábalos y Borrell. "O frenais a Calvo o estamos muertos" dijo algún presidente regional. De metedura de pata en metedura de pata hasta la debacle final.

Respecto a la actuación de los políticos implicados en la concentración del domingo, cabe destacar quizá la actitud de Manuel Valls, el aspirante a la alcaldía de Barcelona, que después de haber negado en principio su asistencia y recibir numerosas críticas acudió, pero sin subir a la tribuna para marcar diferencias con el partido Vox y por no ser fotografiado junto a Santiago Abascal. Un gesto significativo pero que consideramos de poca relevancia porque su mentor, Albert Rivera, si estaba allí aunque, como todos, tratara de no arrimarse demasiado a nadie. Sin embargo, tampoco pareció muy oportuno ni inteligente que Pablo Casado, junto a Rivera impecable organizador de tan oportuna manifestación, perdiese la compostura con anterioridad cuando obsequió a Pedro Sánchez con alrededor de veinte epítetos descalificadores llamándole desde felón hasta traidor pasando por incapaz, mediocre y mentiroso. Y no es que dichos adjetivos nos parezcan excesívamente desproporcionados, pero creemos que el líder de un partido debe ser más mesurado en sus expresiones porque de otro modo solo puede cargar de razones a quienes le tachan de extremista. Y es que su rivalidad con Vox, a cuyo líder nunca hemos oído palabras tan contundentes y la necesidad de captar todo el voto que va desde el centro hasta la derecha extrema, le puede llevar a cometer infantiles errores de bulto.

Unidos permanecemos de pie, divididos caeremos. Esopo.