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Alemania, Puigdemont y una Europa sin ilusión

Los sucesos recientes con la excarcelación en Alemania de Carles Puigdemont, la no admisión de extradición por el delito de rebelión y la, aparentemente, falta de seguridad de que se obtenga por el de malversación de fondos, no hace sino demostrar lo lejos que Europa se encuentra de lo que se lleva buscando desde la firma de los tratados: de Roma en 1957, de fundación de la UE en Maastricht (1.993) y los siguientes de Ámsterdam (1.997), Niza (2.000) y Lisboa (2.009).
Los nacionalismos han desangrado durante siglos a todos los países del viejo continente y siguen existiendo corrientes separatistas, de sobra conocidas, en gran parte de los países europeos pero es que, además, todos los actuales estados son muy celosos de guardar sus propias identidades diferenciales; un finlandés no creerá nunca tener nada que ver con un portugués, ni un holandés con un griego. Cada país tiene sus propias tradiciones y uno o varios idiomas diferentes a los de los demás, con los que encima no se identifica. Ese y no otro fue lo que causó el rechazo a la Constitución europea que dió lugar al tratado de Lisboa y ese y no otro es el origen del Brexit triunfante en Gran Bretaña.
Siguen vivos muchos movimientos separatistas, aunque por desgracia en España nos toque siempre sufrir los más beligerantes, pero también proliferan cada vez más las ideologías antieuropeístas promovidas tanto desde posturas de extrema izquierda como de extrema derecha.
En Europa se habilitó el espacio Schengen que comprende a la mayoría de los estados (a otros también) y el Tercer Pilar en que se basa la Unión Europea contiene -o al menos esa era la intención tras el tratado de Ámsterdam- un espacio LSJ o espacio de libertad, seguridad y justicia en el que pudiera creerse que se basa el concepto de la Euroorden mediante la cual cualquier estado de la UE puede pedir la extradición sin obstáculos de cualquier delincuente; y si esta no se produce sin mayores trabas ni dilación, independientemente de cual sea la legislación del estado al que se requiere, estamos ante una tomadura de pelo.
Pero las trabas que se han encontrado primero en Bélgica y ahora también -la verdad es que de modo sorpresivo para los españoles- en Alemania, no son otra cosa más que la demostración de que la idea de Europa va por caminos titubeantes.
El estado de Schleswig-Holstein proviene de la unión de los dos ducados que en algún tiempo anterior pertenecieron a Dinamarca e incluso llegaron a constituir un reino integrado en Prusia; en 1920 hubo allí un plebiscito en el que la mayor parte de los ciudadanos del norte dijeron preferir su pertenencia a Dinamarca. Se ha hablado de las presiones, incluso por parte de la prensa, que pudiera haber sentido el juez alemán que lleva el caso Puigdemont y, por lo que vemos, no parece que Baviera sea el único Lander alemán en el que pueda haber reivindicaciones nacionalistas, una Alemania unida que existe como tal solo desde 1.871 (y que aun perdería parte de sus territorios tras el tratado de Versalles).
Las declaraciones de la Ministra de Justicia alemana, Katarina Barley, a quien habría que preguntarle qué pensaría si ocurriesen hechos similares en un Lander, no hacen más que confirmar nuestra convicción.
Se supone que la pertenencia a la UE se basa en que todos los países miembros han demostrado su credibilidad como estados democráticos de derecho homologados, en donde sus leyes y sus sistemas judiciales son perfectamente fiables y garantistas. Si alguno no se ajustase a los cánones requeridos -como aparenta ser el caso de Turquía- no debería ser admitido en el club, pero todos los integrantes deberían depositar su confianza en la credibilidad de los ya admitidos.
Y si los europeos ni siquiera hemos sido capaces de dejar claramente fijados los términos de una Euroorden que posibilite la inmediata extradición de los delincuentes, si no somos capaces de promulgar una Constitución europea que satisfaga a todos, si el Reino Unido no ha encontrado razones para permanecer en el seno de la UE, si hay partidos antieuropeístas votados por mucha gente, si el Segundo Pilar de la UE o Política Europea de Seguridad Común y Defensa (PESC) ha resultado irrelevante, si la UE dispone de un Parlamento compuesto por 751 miembros que solo sirve para legislar sobre no se sabe qué o para sostener ridículas discusiones ideológicas y si cada estado solo es capaz de pensar en sus propios intereses, por mucho Shengen y por mucha unidad monetaria que exista, lo que Schuman, Monet, De Gasperi, Pineau, Adenauer y otros ideólogos de la Unión Europea o la Europa Unida esperaban, tiene un futuro más que incierto.