/ Ejércitos

¿No, mi general o Sí, señora?

Preámbulo: Según los datos del CIS de este año de 2018, las instituciones más valoradas por los españoles son, por este orden, la Guardia Civil, la Policía, las Fuerzas Armadas y la Corona, y las peor valoradas los partidos políticos y el Congreso.

Hubo un tiempo en el que traté de seguir el caso de la entonces capitán, hoy diputada y comandante del Ejercito retirada, doña Zaida Cantero. No tuve, ni pude tener, otra posibilidad de hacerlo más que a través de la prensa y lo único que conseguí entender con total claridad es que había sufrido acoso por parte de un teniente coronel que finalmente fue juzgado y condenado a la pena de dos años y diez meses de prisión. No cabe la menor duda, ya que nunca se debería poner en tela de juicio una decisión judicial, de que fue una víctima más del acoso que sufren muchas mujeres en España y en el mundo y, por ello, no cabe otra cosa que mostrarle todo el apoyo y desear que cuanto antes puedan quedar restañados los daños sufridos y las secuelas consiguientes, si es que no los ha olvidado ya.
Del resto de los posteriores hechos acontecidos, hay bastantes que nunca quedaron bien explicados porque, desgraciadamente, algo que es común en toda la prensa, sea del signo que sea, es que el proceso de investigación demasiadas veces se lleva a cabo a la inversa, es decir que no se indaga para llegar a unas conclusiones sino que, al contrario, se parte de unas premisas preestablecidas como dogmas intangibles, para a continuación rellenarlas con los argumentos adecuados que les den credibilidad. Eso fue lo que, entiendo, se hizo en el diario El País y así se fraguó un articulo que luego sería reproducido textualmente por otros medios, sin que a nadie le preocupase hacer la mínima comprobación de los hechos. A partir de ahí se sucederían otras informaciones periodísticas que en nada contribuyeron a aclarar, más bien todo lo contrario, lo sucedido. Y no es que yo ni ponga en duda ni acepte tales argumentos; ni culpo ni exculpo, simplemente es que se dejaban muchas dudas y preguntas sin contestar y se planteaban argumentos ni demostrados ni demostrables.
Exponer todos los interrogantes haría excesivamente largo este texto, pero como para muestra basta un botón, manifestaré, verbigracia, mi extrañeza ante el hecho de que un sobrevalorado periodista, Jordi Évole, dedicase un extenso programa a entrevistar a la capitán que se explayó cuanto quiso, y dos días después, en su cadena de televisión amiga, se expusiese el mismo tema estando ella presente, no dándosele la palabra por el supuesto temor a que sufriese represalias alegando sus limitaciones del derecho a opinar por ser militar. Pues vaya.
Esta historia ha sido relatada, a su manera, por la primero Diputada de UPyD, luego tánsfuga al PSOE y actualmente fuera de los escenarios parlamentarios, Irene Lozano, con la colaboración de Cantero, en un libro titulado “No, mi general”. Con la esperanza de que la obra aclarase algo mis dudas, me hice con un ejemplar (no lo encontré en ninguna librería y hube de adquirirlo por Internet, por lo que me temo que soy uno de los pocos lectores a los que el tema sedujo) y la verdad es que, lamento decirlo, pero el libro defraudó mis deseos de saber. Corto en lo literario, oscuro en lo informativo y mendaz en lo ético. Una patética historia de buenos y malos, melaza infantiloide que parece mezclar algo así como las vidas de Heidi, Nadia Comaneci y Casta Álvarez con el terror sicológico de Allan Poe. Exposición que combina verdades, medias verdades y no pocas mezquindades solo creíbles por quien ignore todo sobre el día a día en la milicia.
Tras indagar, por curiosidad, el currículo y el expediente académico de la Sra. Lozano, me pareció sobresaliente y, sin embargo, el libro, como ya dije, me decepcionó. Está escrito, con su propias maneras y matices añadidos, al dictado de la protagonista, por lo que se limita a corroborar todos sus argumentos sin ofrecer el mínimo contraste con otros puntos de vista. Casi podría escribirse otro libro detallando la cantidad de insidias vertidas, pero como no vamos a hacer un largo panegírico, me limitaré de nuevo a señalar solo una pequeña muestra.
Comienza el libro su autora admitiendo sus previos prejuicios -no aclara si antimilitaristas o antimilitares, matiz importante-, continúa diciendo que es un libro escrito a favor de las Fuerzas Armadas -pues menos mal- y se desahoga repartiendo mandobles a diestra y siniestra sobre todo lo que representa la institución castrense. Quien aquí escribe reconoce, por ejemplo, no tener la menor idea sobre contratos de la industria de armamento, asunto sobre el cual la autora añade, brevemente y de pasada, una supuesta experiencia personal que no explicita para, acto seguido, decir que todo es igual que el "tres por ciento"; nada que ver con la historia que nos ocupa, un solo párrafo para no volver sobre el tema en todo el libro tras sembrar la semilla deseada. Dice también haberse reunido con numerosos militares y asociaciones hasta zambullirse (...) en las Fuerzas Armadas, para justificar que todas sus afirmaciones se basan en experiencias de las que, en realidad, carece. Ya decía Baltasar Gracián que "El primer paso de la ignorancia es presumir de saber". Como prueba de su propia y fina sensibilidad ética y estética, no tiene el menor reparo en definir a un coronel como bajito, feo y cabezón, o de dar por supuesta la falta de moral de su hermano, un teniente general, al presumir, sin más, que entre ellos debe existir un contubernio fraterno-mafioso. En otro caso, llegan a afirmar que, según alguien había dicho, sabían fehacientemente lo que un general había manifestado, apesadumbrado por sus malas acciones, cuando se hallaba en la soledad de su despacho. Quizá fuera un soplo del adivino Rappel.
Afirma doña Irene, como siempre con el único argumento del relato de la protagonista, y en clara demostración de ignorancia de la dinámica de la vida militar, que en un destino le habían dado tantas felicitaciones -cada una puede ocupar unos pocos renglones en un oficio-, que el oficial que las había de tramitar se sentía sobrepasado hasta el punto de decir “me vuelvo loco” (sic), que sus calificaciones anuales (IPEC) eran excelentes y que en ese mismo destino le fue concedida una Cruz del Mérito Militar -selección siempre meditada y difícil para cualquier mando, pues se conceden con carácter muy restringido y se debe elegir cuidadosamente entre todos los subordinados-. Cierto que en ese mismo destino fue donde sufrió el deplorable acoso con el que comenzó todo, pero resulta difícil entender cómo estando tan altamente reconocida, además de su acosador, todos los demás mandos acabaran por perseguirla.
Sigue afirmando doña Irene, al igual que hizo cierta prensa repetidas veces, que doña Zaida era una magnifica oficial, algo que no pondré en duda porque no la conozco personalmente, pero ciertos argumentos son tan infantiles que resultan sonrojantes y, por supuesto una vez más, muestra de un desconocimiento supino de la realidad de los Ejércitos. Para argumentar la antedicha excelencia se aportan, además de los ya señalados, datos como el de que participó en dos misiones de paz en las que, por su gran labor, fue condecorada y el de que sus calificaciones anuales eran excelentes hasta que alguien decidió hacerle un pésimo IPEC de castigo. Pues mire usted, doña Irene, son millares los militares de todos los empleos que han tomado parte en misiones de paz y salvo causas muy extraordinarias, a todos se les concede una medalla participativa. Con todos los respetos y guardando las debidas distancias, es como cuando a los miles de participantes en una carrera popular se les obsequia con una medalla por terminar el recorrido y tras ello hubieran de ser considerados deportistas de élite. Qué duda cabe de que estas cosas entrañan mérito y son datos positivos en una hoja de servicios, pero nada más. Son otras las condecoraciones que tienen verdadero peso ante una junta de evaluación.
Demuestra una excesiva preocupación -quizá fuera esa la suya- con el asunto de los IPEC de los que se intenta hacer creer que todos los profesionales viven excesivamente pendientes. Se equivoca quien cree que, al menos la mayoría de los militares, viven obsesionados con sus calificaciones y sus ascensos desde su graduación en una Academia. Y no es momento ni tenemos espacio para entrar en detalles, pero los IPEC son materia normalizada que nunca, en ningún caso, podrían llevarse a cabo por capricho además de ser documentación clasificada y que si alguien ajeno a los calificadores y las personas calificados llegara a ver, estaríamos hablando de una falta grave cometida por quien los difunda. Si doña Irene u otra persona los ha visto, estaríamos hablando de algo mucho más serio. Pero claro que no, no las ha visto y está de nuevo hablando por boca ajena, ante una afirmación de parte ni demostrada ni demostrable.
Quiero creer que no se desea faltar al respeto, pero se falta, a las mujeres soldado sugiriendo, de forma no tan subliminal, que algunas se prestan a hacer favores sexuales a fin de conseguir beneficios. Por favor, señoras, templanza, que respeto con respeto se paga.
Se cuenta también que algunas personas, pocas, sostuvieron y podrían ratificar la versión expuesta aunque no se citan y, sin embargo, se ensañan identificando claramente, con nombres y apellidos, a todos aquellos, muchos, a los que consideran culpables, incluida una dama.
No sé, aunque lo imagino, cómo le han contado según qué cosas a doña Irene, pero desde luego sí sé que las ha interpretado partiendo de unos juicios previos muy negativos a los que ya venía predispuesta.
Considera que la disciplina -elemento esencial en todos los Ejércitos- siempre y en todos lo casos, solo puede interpretarse en clave de servilismo. Pero las Fuerzas Armadas no son tan diferentes del resto de la sociedad; en las Fuerzas Armadas ocurren cosas mejores y cosas peores como en todas partes. La botella se puede ver medio llena o medio vacía, pero desde luego quien la vea solo completamente llena o solo completamente vacía es porque nada más ve lo que quiere ver. En las Fuerzas Armadas se siguen y se seguirán cultivando todas las grandes virtudes expresadas en los versos de Calderón de la Barca que la misma autora del libro expone al comienzo, e incluso otras allí no reflejadas, pueden tenerlo por seguro: El honor, la lealtad, el buen trato, la verdad, la humildad, la obediencia… el valor, la honradez, el compañerismo, el amor a la patria... Ahora que está tan en boga eso de preguntar a las bases, me gustaría que se hiciese una consulta, bajo anonimato, a todas y a todos los militares sobre su satisfacción en cuanto a su permanencia en el seno de la milicia.
Es verdad que la maldad humana existe. No me atrevo a afirmar ni a negar taxativamente casi nada en la vida y es posible que algún amigo o compañero del acosador de Cantero deseara tomar algún tipo de represalia. No lo sé, aunque es posible. Pero dar por sentado que el Ministerio de Defensa, el Jefe del Estado Mayor del Ejército, la Dirección de Enseñanza, casi todos lo jefes de las Unidades en que estuvo destinada, la Escuela de Guerra, los Órganos judiciales militares y hasta la Sanidad Militar, se pusieran en su contra con espíritu vengativo, parece un juicio extremadamente excesivo. A quien pretenda acusar a los Ejércitos de ser una pocilga, le remito al primer párrafo de este artículo, porque debe saber que no los está valorando como la mayoría de los españoles.
Podríamos seguir exponiendo contradicciones pero, como ya dije, no pretendía hacer demasiado larga esta exposición, aunque me temo que ya lo sea. No obstante, quisiera hacer unas ultimas consideraciones: doña Zaida dejó el ejército por voluntad propia; a nadie se le puede obligar a estar donde no quiere y ella pudo irse cuando deseara pero, con buen criterio, eligió la vía de someterse a un Tribunal Médico; era su derecho. Se forzaron las circunstancias hasta el extremo de llegar a decir la Sra. Diputada Irene Lozano en el Congreso -ciertamente en una espléndida exposición ante el Ministro de Defensa, Sr. Morenés, de quien espero, por su bien, que haya tenido mejores tardes e intervenciones- que la dejaran irse, “¡déjenla marchar!” clamaba la Diputada, como si alguien la tuviera atada. Lo que se obtuvo, no sin ayuda de la presión mediática, fue una baja del Ejército por estrés postraumático e insuficiencia o pérdida de condiciones sicofísicas, todo por causas imputables al servicio. Traducido al castellano, el retiro con derecho a la pensión de jubilación máxima tras escasos quince años de cotización. Nada que objetar, o sí, pero ante tan traumática insuficiencia hubiera parecido lógico que hubiese dedicado, al menos, una larga temporada a recuperarse física, mental y anímicamente y, sin embargo, de manera casi inmediata, fue incluida en la lista electoral del PSOE por Madrid -quizá para presentarla como oriflama de justas lides- y elegida Diputada. Y es que, o no se necesitan mayores capacidades síquicas para ser parlamentario en este país, o algo no se compadece en esta historia. Lo cierto es que, por el momento y al menos yo, no le conozco ninguna intervención parlamentaria. Y si alguien la ha visto que me tire la primera puñalada.
Empecé y termino diciendo lo mismo. No quiero juzgar a la Sra. Cantera, solo me gustaría recibir cualquier información, creíble, que me permita entender lo ocurrido más allá del hecho de la alevosa agresión sufrida que ya conocemos. Vana esperanza, me temo.