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La memoria histórica y el ejemplo de Don Ramiro

El hombre tiene que establecer un final para la guerra. Si no, la guerra establecerá un final para la humanidad.
John F. Kennedy

Una de las perlas del nuevo gobierno presidido por Sánchez Pérez-Castejón es la de reformar la Ley de Memoria Histórica y hacerla más severa, incluso
con la posibilidad de establecer sanciones por el más puro procedimiento "mordaza histórica".

Ramiro de Maeztu y Whitney, filósofo, humanista, político, diplomático, académico y escritor español, quien a nadie ni memoria histórica alguna parece preocupar, comenzó por ser progresista anarquizante y después liberal, para acabar siendo monárquico conservador dentro del partido derechista Renovación Española. Fue embajador durante el gobierno de Primo de Rivera -con quien también colaboró alguien tan poco sospechoso de ser de derechas como el revolucionario Largo Caballero- pero no tuvo relación alguna con el franquismo aunque sí la osadía de mostrarse crítico con la segunda república. Hoy es ninguneado y tildado de ultraderechista, siguiendo el manual del progresismo imperante.
Encarcelado por sospechar de sus ideas, le arrancaron la vida unos matarifes que le "sacaron", como a muchos otros en 1.936, de la cárcel de Ventas, lugar de donde saldrían también, en 1.939, las trece rosas asesinadas por la misma locura fratricida pero a la inversa.
Alguien podría discrepar, no creo que sobre su vida, pero sí de esta opinión sobre la adscripción política de don Ramiro; sin embargo nadie podrá justificar su asesinato aunque nunca faltarán ruines que lo hagan. Sus últimas palabras, ejemplarizantes para ambos bandos de la guerra civil, quedaron para la Historia: "Vosotros no sabéis por qué me matáis, pero yo sí sé por lo que muero: Para que vuestros hijos sean mejores que vosotros". Su premonición pareció cumplirse cuando otra generación, cuarenta años más tarde, hizo una transición pacífica y modélica, para terminar con enfrentamientos y revanchas, transición en la que se gestó nuestra actual Constitución del 78.
Los nietos y bisnietos de aquellas y aquellos que protagonizaron tan siniestra contienda, queremos continuar por la senda de la concordia que marca nuestra Carta Magna (reformada o no, que no viene al caso); por eso la gran mayoría, dos o tres generaciones después, seguimos queriendo ser mejores y tenemos deseos de avenencia en el marco constitucional. Pero hay extremismos e ideologías de los que habría que cuidarse; algunos nietos de los que en aquella generación fueron derrotados, e incluso otros, descendientes de los que pertenecieron al bando vencedor, parecen querer ahora ganar la guerra que los del bando vencido perdieron ochenta años antes. La justicia, la memoria y la reparación de todas las víctimas son necesarias, pero son conceptos reñidos con el del odio y el de la venganza, aunque el desconocimiento de la Historia, la desinformación, el adoctrinamiento y el fanatismo político podrían costarnos muy caros.