/ Política

De Batet a Batet

Si me engañas una vex, tuya es la culpa. Si me engañas dos, la culpa es mía
Anaxágoras

El general Domingo Batet Mestres nació en Tarragona en agosto de 1.872 y murió fusilado en Burgos en febrero de 1.937.
Cuando en octubre de 1.934 Lluis Companys proclamó “el estado catalán dentro de la republica federal española” declarando de facto la independencia de Cataluña, enmascarándola de forma extraña con una fórmula ininteligible y sin sentido, el gobierno de la II República Española reaccionó de modo inmediato y el presidente Lerroux encargó personalmente al Gobernador Militar de Barcelona, Domingo Batet, reprimir la sublevación. De una manera brillante y casi fulminante, tras pocos combates contra algunos Mossos y con solo unos pocos fallecidos, que siempre parecerán muchos pero fueron escasos en comparación con el tremendo conflicto creado, Batet consiguió controlar la situación apresando a Companys, que sería posteriormente juzgado y condenado a treinta años de reclusión por la intentona golpista, en tanto que Batet fue condecorado con la Cruz Laureada de San Fernando por la pronta y eficaz solución de tan grave problema.
Posteriormente, ya en 1.936, permaneció fiel al gobierno de la República, lo que le costaría finalmente morir fusilado sin que el general Franco le indultase a pesar de la petición de clemencia de los también generales Queipo de Llano y Cabanellas. Murió arengando a los soldados del pelotón a que cumpliesen sus órdenes y que le disparasen al pecho.
Esta es la historia, muy resumida, de la vida y muerte de un militar de honor, católico, que se mantuvo fiel a dos ideales: el de defender la unidad de España y el de lealtad al que consideraba el gobierno legal de su país, guste a unos o disguste a otros, de acuerdo con el dictado de su conciencia.
Por todo ello fue injustamente denostado por ambos bandos de la guerra civil y, aun hoy, su figura no es valorada con el reconocimiento que merece. Una calle en Barcelona lleva su nombre ¿cuánto tardará la infausta señora Colau en retirársela, por fascista, para dedicarla, verbigracia, a cualquier rapero deslenguado en cumplimiento de su personal desmemoria histriónica? Dicha calle más una plaza y una placa en su ciudad natal completan todo lo que de su recuerdo queda. Nada en el resto del país. Menospreciado tanto por los nacionalistas, por espurias razones obvias y por los demás, debido a la actitud vergonzante con que España subestima a sus héroes, desde Indibil y Mandonio hasta Blas de Lezo, desde Bernardo de Gálvez a los héroes de Alcántara, la mayoría desconocidos para el gran público porque en los colegios ya apenas se les cita.
Pero eso es parte de la Historia, con hache mayúscula. Hoy vivimos otra historia muy diferente en la que hasta la hache se nos ha quedado pequeña.
El relato del último y aberrante capítulo independentista lo empezaron a escribir unos descerebrados encabezados por Arturo Mas, sucedido por el inefable Carlos Puigdemont y dejado en herencia al xenófobo ultraderechista Joaquín Torra. Un intento de golpe de estado que ha dado con los huesos de algunos independentistas en la cárcel (otros les seguirán), pero que fue combatido con tibieza, artículo 155 mediante, por el anterior gobierno con la ayuda y la vergonzante complicidad traidora de otros agentes políticos entre los que se encuentra el partido que sostiene al actual ejecutivo.
El nuevo gobierno ha entrado dando espectáculo, pleno de gestos teatrales y buenistas y ofreciendo diálogo a aquellos que han sustituido a los imputados por sedición y rebelión, quienes, sin embargo, siguen manifestando sin ambajes su clara voluntad de seguir cometiendo los mismos actos delictivos que han llevado a prisión a sus predecesores ¿De qué se puede hablar en estas circunstancias? A los independentistas nunca les bastará ni que se acerque a los políticos presos, ni que les den más dinero o competencias. Ni siquiera esa inviable reforma constitucional con la que se pretende transformar a España en un estado federal asimétrico les parecería suficiente. Nada colmará sus ansias independentistas y cualquier intento de acuerdo con ellos está condenado al fracaso, a hacer concesiones vergonzantes o a ambas cosas a la vez. Y el gobierno lo sabe, porque es consciente de que o se hace con desprecio de la ley o ellos no entrarán en razones. Pero a Sánchez le importa un carajo porque actúa de acuerdo con lo que cree que le puede reportar mayores beneficios electorales, algo que está por ver si será cierto y sobre lo que solo el tiempo le dará o quitará la razón.
La encargada de conducir este desaguisado es la nueva Ministra de Política Territorial quien responde al nombre de Meritxell, pertenece al PSC y tiene en su currículum, entre otros méritos, el de haber sido sancionada por el anterior secretario general del PSOE, Pérez Rubalcaba, por haber defendido la legitimidad del famoso referendo ilegal que tantos dolores de cabeza ha ocasionado a los españoles y el de ser expedientada por romper la disciplina de voto de su partido en la investidura de Mariano Rajoy.
Poner al lobo a cuidar de las ovejas.
Pero esta señora responde también al apellido Batet, nada que ver -que se sepa- con el heroico general, pero el solo hecho de compartir el apellido ya parece mancillarlo. Esperamos que al menos ni sea condecorada ni le dediquen calle alguna -que vaya usted a saber- porque con el buen sueldo que premiará su tibieza culpable ya está más que bien pagada.

¿Y usted qué dice señor Borrell? Tendremos que darle un voto de confianza, al menos temporal, a este caballero esperando que no considere que, tal vez, ahora ya no sea lo mismo, claro.

¿Quosque tandem abutere, Catalunya, patientia nostra?