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¿Por qué lo llaman amor cuando quieren decir revolución?

Tradicionalmente, al contrario de lo que estamos viendo en los últimos tiempos, casi toda la derecha había votado a un mismo partido, lo que resultaba hasta cierto punto paradójico, porque allí podíamos encontrar desde votantes de ideología centrista progresista hasta otros muy conservadores u otros cercanos al fascismo aunque la mayoría de estos últimos, por lo general, no solieran votar a nadie.

Sin embargo las izquierdas siempre han sido muy sensibles a los distintos matices ideológicos y por ello habitualmente se habían presentado con muy diferentes formaciones, lo que siempre les pasaba factura a la hora de contar resultados electorales aunque, en más de una ocasión, hayan sido capaces de unir sus fuerzas a posteriori con la finalidad, según su propia dialéctica, de plantar cara a las derechas tal como ya ocurrió en el Frente Popular del 36 o como pareció acontecer el pasado mayo para lograr el triunfo en la última moción de censura.

Si excluimos a las izquierdas nacionalistas, parlamentariamente sobrerepresentadas como siempre, ahora tenemos dos partidos muy definidos, un PSOE, supuestamente socialdemócrata, internamente dividido entre sanchistas y antisanchistas por mucho que traten de encubrirlo y a un Podemos que tuvo la virtud de aglutinar una gran variedad de corrientes asamblearias, comunistas, anticapitalistas, antisistema, confluencias varias y hasta anarquistas que, como siempre ocurre en estos casos, bajo la férrea mano de un líder, consiguieron una unidad que poco a poco parece empezar a resquebrajarse. Como ejemplos de esto último tenemos el caso de Manuela Carmena en Madrid, el de Teresa Rodríguez en Andalucía o el de Ada Colau en Barcelona entre otros que parecen querer tomar su propio camino.

A Podemos se unió, quizá más bien se sometió, la Izquierda Unida liderada por Alberto Garzón, algo que él mismo quiso justificar por su proximidad ideológica comunista y con el ánimo de sumar, puesto que el sistema electoral siempre castigó mucho a su formación, acuerdo del que nació la coalición Unidos Podemos. Sin embargo, los cada vez más pobres resultados obtenidos han hecho que muchos piensen que lo alcanzado es lo contrario y que en lugar de sumar restan. Pero quizá debieran pararse a pensar que tal vez no sea que han dejado de sumar, que su merma es más real de lo que suponen y que en el caso de ir por separado podría ser que obtuvieran aun peores resultados.

Lo cierto es que las izquierdas radicales parecen estar de nuevo al borde de una nueva fragmentación y es que el ex coordinador general de Izquierda Unida, Gaspar Llamazares, acaba de crear el nuevo partido político, Actúa, junto con el ex juez Baltasar Garzón -ya le veíamos venir tiempo ha- que tiene la intención de presentarse tan pronto como en las próximas elecciones europeas, municipales y algunas autonómicas. Llamazares lleva tiempo mostrándose muy crítico con el actual coordinador general de IU, Alberto Garzón, -nada que ver con don Baltasar-por su entreguismo a Podemos y por lo que pudiera suponer la disolución de lo que queda del PC o Partido Comunista a manos de los no menos leninistas del partido morado.

Pero todo esto parece una ceremonia de la confusión porque mientras Llamazares se presenta como más que probable líder de esta nueva formación, dice que seguirá militando y siendo portavoz de IU en Asturias hasta el fin de la presente legislatura, algo a lo que Alberto Garzón ya ha respondido llamándole tránsfuga y amenazando con infligirle un severo castigo, suponemos que en forma de expulsión. El nuevo partido se declara “totalmente descriptivo” y la suya como una “política para la democracia”, afirmando que buscan “transversalizar (sic) el feminismo y la igualdad a todas las políticas y combatir la pobreza”; o sea, lo de siempre, para qué cambiar. Actúa afirma también haberse integrado en el espacio “Primavera Europea” que según refiere el periódico La Vanguardia pretende ser (transcripción textual) un “simulacro de partido transnacional” impulsado por Diem25, el movimiento liderado por el griego Yanis Varoufakis, bajo la premisa de un “europeísmo convencido” y la necesidad de democratizar la UE y “poner en marcha un New Deal”. Ya habíamos anticipado que nos parece un verdadero guirigay.
Actúa parece ser que se pretende integrar también con la plataforma Más Madrid de Manuela Carmena y dice haber tendido la mano a IU y a Podemos (¿...?) para futuras alianzas electorales, “con la vocación de acordar” y con "un programa de cambio, no de confrontación".
Lo de Varoufakis suena muy preocupante pero, al fin, todo esto no es más que el resultado de una rabieta basada en lo que Llamazares entiende que es la sumisión de IU a Podemos y la posible desaparición de lo que fue un PC a su vez integrado en Izquierda Unida, rabieta no exenta de razón pero rabieta al fin y al cabo porque, por lo demás, la esencia de la ideología comunista de todos permanece inalterable y sus medios y sus fines nunca varían.

Aparte de todo lo expuesto, las únicas diferencias entre lo que don Gaspar Llamazares y Pablo Iglesias proponen no parecen ser otras que: uno, al primero no le gusta la postura guerracivilista, agresiva, insultante, de movilización popular y altercados callejeros que el segundo defiende constantemente; o al menos de momento es lo que parece; y dos, que no se declaran abiertamente antieuropeístas.

No nos deben preocupar las divisiones y peleas internas que la extrema izquierda pueda mantener, pero nada de esto les puede augurar un futuro halagüeño.

¿Por qué muchos se obstinan en no llamar extrema a ninguna izquierda?