¿Quién juzga a los jueces?

A pesar de que la sentencia que indica que debe reponerse al Coronel Pérez De los Cobos en el destino del que fue cesado no es firme hasta que no se resuelva el recurso de apelación que presentará el todavía ministro Grande-Marlaska, sea cual sea la resolución que adopte la Sala de lo Contencioso Administrativo de la Audiencia Nacional, el titular de la cartera de interior debería llevar ya muchas horas dimitido. Claro que para eso hay que tener un mínimo de dignidad, la misma que habría de poseer quien le debería exigir su renuncia o imponerle el cese.

Es muy poco probable que el tribunal que reciba esa apelación vaya a revocar una sentencia justa, bien razonada y mejor fundamentada y Marlaska lo sabe, pero quiere ganar tiempo. Pase lo que pase tendría que estar ya fulminado por tan contundente veredicto, aunque sabemos que el verbo dimitir nunca se conjuga en este gobierno. Y es que, incluso cualquier lego en derecho sabe que fue un dislate la decisión de cesar al Coronel Pérez de Los Cobos por rencor, por no acceder a incumplir la Ley como le pedía un ministro ¡que es juez!; una flagrante intromisión en la justicia, un desbarro  y un acto vengativo manifiesto completado con la represalia de negarle el ascenso a General de la Guardia Civil, excluyendo, por primera vez en la historia, a quien ostentaba el número uno de su promoción.

Marlaska es el mismo juez/ministro que no deja un solo día sin ofender a las victimas del terrorismo acercando asesinos al País Vasco para así tener contentos a quienes dan soporte a su gobierno vergonzoso, el mismo juez en excedencia que pisoteó la toga actuando contra un honrado defensor de la ley por venganza y por soberbia.  Es ese juez en excedencia que puede acabar siendo denunciado por prevaricación, pero que nunca dimitirá ni “le dimitirán” porque la marca de la casa es la felonía.

Y no es la primera vez que sucede algo similar en este gobierno en el que militan tres jueces. Otra, doña Margarita Robles, la que pasa por ser la más moderada y sensata del desgobierno de coalición que padecemos, también ha recibido recientemente otro varapalo judicial. El Fiscal Provincial de Madrid archivó las investigaciones impulsadas por la ministra Robles por una conversación en WhatsApp, un chat privado y por tanto protegido por la libertad de expresión. Recordemos como, simultáneamente, un grupo de militares retirados, y por tanto con todos sus derechos civiles, incluidos los de opinión recuperados, escribió una carta a Su Majestad el Rey, en la que manifestaban su honda preocupación por el errático devenir de los acontecimientos políticos en España, misiva a la que acabaron adhiriéndose otros mil compañeros suyos en la misma situación administrativa. Una carta que podrá gustar a unos más que a otros, pero un texto legítimo de plena legalidad, sin que se le detectara el mínimo indicio de golpismo ni ruido de sables. Fue entonces cuando “por casualidad”, alguien sacó a relucir el antes citado chat en el que un limitado grupo de otros, también militares retirados, abueletes descerebrados, vejetes tan lelos como inofensivos, se dedicaban a decir barbaridades, criticables, despreciables quizá, pero un inocuo chat privado que nunca tuvo la más mínima conexión con la citada carta al Rey y menos con los militares en activo.

Que algunos partidos políticos e incluso cierta prensa, ladinamente mezclasen ambos hechos llegando a sacar la ridícula conclusión de que las Fuerzas Armadas están llenas de golpistas, puede ser criticable aunque se ajusta a la lógica inherente a la vileza propia de aquellos. Pero que la propia ministra manifestara la misma preocupación, como si metiera a todos en el mismo saco, hablando en genérico y creando confusión entre la opinión pública, diciendo defender el buen nombre de las FAS mientras lo arrastraba por los suelos, resulta repulsivo. A pesar de todo y sin que dejase claro contra quien se quería actuar, fueron denunciados los hechos cuya causa ha sido archivada. Pero doña Margarita, la moderada, ya había dejado sembrada la duda sobre todas y todos los integrantes de los Ejércitos a base de frases y palabras confusas.

La noticia del archivo del procedimiento, como siempre claro está, ha pasado casi desapercibida, doña “moderada” no se ha dado por aludida y, por supuesto, no se plantea dimitir, ni siquiera por mucho que lleve tiempo teatralizando desencuentros con una parte del gobierno sin que nadie le haga caso. Es lo que se llama nadar y guardar la ropa, o lo que se conoce como un/a "bienqueda" que solo piensa en sí misma tratando de contentar a todos.

Y permítaseme una última reflexión. Hace algunos meses el entonces JEMAD, ese sí, tuvo que dimitir por haberse vacunado "inadecuadamente". Todos lo recordamos pero pocos saben que el Jefe del Estado Mayor de la Defensa solo cumplía órdenes, unas erróneas órdenes salidas de la Secretaría General de su Ministerio pero las que, para variar, ni la secretaria general ni la ministra fueron capaces de asumir como yerros propios -Dimita usted, señor general, que nosotras estamos por encima del bien y del mal-. Pero lo que tampoco ha trascendido demasiado es que, ¡oh casualidad! ese General del Aire, Miguel Ángel Villarroya, fue prontamente designado consejero de Defensa en la embajada española ante la Organización de Estados Americanos, OEA; un retiro dorado, un puesto vacío de contenido pero un cargo bien retribuido. Do ut des es una locución latina que significa “doy para que des”. En román paladino y castellano de la calle se dice: amor con amor se paga.

Vaya ministros, vaya par de jueces y vaya pocilga en la que entre todos nos tienen sumidos.