La operación mediante la que, de manera  brillante y quirúrgica, los norteamericanos capturaron al sátrapa venezolano, Nicolás Maduro,  independientemente de lo que pueda suceder a partir de ahora en el país caribeño, que ya veremos, hace algo de justicia a los más de ocho millones de venezolanos que tuvieron que autoexiliarse  y a las decenas de miles de asesinados, torturados o encarcelados por la sangrienta dictadura chavista. Las personas decentes, venezolanos o no, solo han podido alegrarse, pero lo acontecido ha servido, una vez más, para retratar a toda la extrema izquierda, especialmente la española, aquellos que fueron y son incapaces de censurar mínimamente los veintiséis años criminales del régimen bolivariano, y ahora rasgan sus ropas y sus pañuelos palestinos ante una supuesta violación del derecho internacional por injerencia en los asuntos propios del estado venezolano.

Los españoles estamos gobernados por un contubernio que comprende desde la izquierda-extrema del actual PSOE hasta la extrema-izquierda del comunismo podemita, desde Sumar hasta Bildu, desde la tóxica Esquerra hasta la derecha desmadejada del PNV y, como no, de la extrema derecha golpista del Junts de Puigdemont ¿Qué podía salir mal?

Que toda esta amalgama informe de populistas amancebados se acuerde ahora del Derecho Internacional (DI) que siempre se la trajo al pairo y al que nunca dudaron en traicionar, tampoco es que nos sorprenda porque no esperábamos mucho más de ellos.

Lo cierto, a mi leal modo de entender y saber que no va mucho más allá del de cualquier otra persona de a pie, es que el Derecho Internacional Público es un cajón de sastre en el que a veces pueden caber argumentos  opuestos, ambos con apariencia de tener razón aunque no sea así, lo que puede conducir a enfrentamientos y discusiones acaloradas.

Permítaseme señalar algunos datos:

1.     Una de las bases, si no la más importante, del Derecho Internacional es la Carta de las Naciones Unidas  a la que podemos añadir también como documento fundamental, la Declaración Universal de los Derechos Humanos.

2.     El DI también se basa en Tratados Internacionales, en costumbres aceptadas por la comunidad internacional (¿…?) en los principios generales del derecho o en la jurisprudencia deducida de tribunales y órganos internacionales (¿…?) Toda una amalgama de posibilidades que solo pueden conducir a ese cajón de sastre antes citado.

3.     La Corte Penal Internacional de La Haya es independiente de la ONU, pero tampoco es aceptada por todos los estados: ni EEUU, ni Rusia Ni China la reconocen y tampoco lo hacen Israel, Turquía o Ucrania entre otros.

4.     No ayuda mucho a la credibilidad de la ONU que existan numerosos casos de sospechas de corrupción, abuso de poder, nepotismo o falta de transparencia en la gestión de fondos.

5.     Según la Carta de Naciones Unidas nadie debe interferir en los asuntos internos de ningún país, los jefes de estado son inviolables y no pueden ser detenidos, todo ello  salvo caso de grave violación de los derechos humanos, derechos que, a nadie cabe duda, han sido conculcados por Maduro.

6.     Entre todo el maremágnum citado aparece también el concepto de justicia universal que permite a un país juzgar y castigar a personas por crímenes internacionales  como genocidio, crímenes de guerra o lesa humanidad, se cometieran donde se cometieran y sea cual sea la nacionalidad del acusado, y en ese concepto parece haberse amparado Trump.

7.     Pero una rémora importantísima para el DI es el hecho de que los cinco miembros permanentes del Consejo de Seguridad  de la ONU tengan derecho de veto a cualquier decisión que se tome por consenso.

En el caso venezolano, al tener pruebas concluyentes de graves violaciones de todos estos derechos, parece lícito que Maduro y todos sus secuaces puedan ser conducidos ante la justicia. Pero también parece igual de cierto que esa iniciativa, como cualquier otra del mismo tipo, debiera estar avalada y haber sido ejecutada por algún órgano bajo auspicios de NNUU, por alguna misión internacional ad hoc, pero eso es algo que resultaría imposible. Y lo sería, fundamentalmente, por el hecho ya citado de que los cinco miembros permanentes del Consejo de Seguridad USA, Rusia, China, Reino Unido y Francia tengan derecho de veto, lo que significa que cualquier decisión a propuesta de algún miembro pueda ser revocada de inmediato por uno solo de ellos y todos estamos seguros de que ni Rusia ni China habrían aceptado la extradición que nos ocupa.

Por ello, la detención de Maduro, como la de cualquier otro autócrata, o el derrocamiento por vía del Derecho Internacional de cualquier régimen por dictatorial que sea, se antoja imposible a tenor de lo que se deduce del susodicho derecho, y debió ser ese el motivo de que Trump decidiera actuar por su cuenta saltándose una legalidad internacional en la que no cree.

El régimen bolivariano es criminal, injusto e ilegal porque además de  todos sus delitos y exterminios, vulneró sus propias leyes para usurpar un poder que no ganó en las urnas, pero las herramientas que el Derecho Internacional proporciona no parecen suficientes para derrocarlo por justo que ello nos pueda parecer. La intervención de USA puede vulnerar la legalidad vigente pero el resultado (por el momento al menos), aunque sea cierto que el fin no debe justificar los medios, nos parece que es adecuado.

Es el eterno dilema: Ni la Ley es siempre justa, ni lo que es justo se ve siempre reflejado en las leyes.

Un hecho parece ser cierto y es que el Orden Internacional está cambiando. Donald Trump no es precisamente un ejemplo de demócrata convencido y su objetivo último parece y puede ser el de repartirse  el mundo con las otras dos grandes potencias, China y Rusia. Por eso quiere controlar no solo Venezuela sino todo el continente americano incluidos Cuba y Colombia, lo que se ha dado en llamar su patio trasero, siguiendo la llamada doctrina Monroe de hace más de un siglo.

Si la consecuencia de todo es que Venezuela vuelve a ser una democracia plena y recupera su buen nivel económico, si Cuba también lo hace y si el continente americano tiene opciones de recobrar el pulso del primer mundo, todo lo daremos por bien empleado. Si Trump solo busca lo que de Trump nos asusta, todo habrá sido en vano.

Mantengamos la esperanza viva de que todo saldrá bien. Quiero ser  optimista, soy moderadamente optimista.