Más allá de la polémica sobre la posible legitimidad de la inmigración ilegal, de los derechos que puedan o no asistir a las personas migrantes, de su incidencia o no en los niveles de delincuencia, convendría tener en cuenta el grado de amenaza que todo ello pudiera representar para la seguridad del país ¿Somos capaces de saber siempre eficientemente si en alguna mezquita se difunden consignas a favor de la yihad islámica? ¿Estamos seguros de no estar sufriendo una invasión pacífica a través de los vientres de sus mujeres? ¿Deberíamos ser más exigentes en cuanto a la obligación de aceptar las normas que rigen nuestra sociedad y no al revés?¿Hay que aceptar que las niñas migrantes contravengan las normas de uniformidad de los colegios y se cubran la cabeza? ¿Y la cuestión de las comidas sin productos de cerdo? ¿Podemos llegar a aceptar el burka como prenda de vestir? En qué puede acabar todo esto es un misterio. O no.
La civilización a la que pertenecemos, en la que el llamado mundo occidental, por supuesto nosotros también, está integrada y tiene sus orígenes en las antiguas Grecia y Roma, la Grecia que floreció a partir de los años 1200 a.C., la que trajo al mundo la filosofía de Platón y Aristóteles, la que originó la democracia, y la Roma que difundió el derecho y los sistemas de gobierno. Nuestra civilización se basa también en los valores y principios de la tradición judeocristiana que nos dotó de la base ética y moral por la que nos regimos. La Ilustración y el humanismo también tienen mucho que ver con nuestra actual cultura.
La línea maestra de nuestra civilización sigue, sobre todo, los usos y costumbres del cristianismo. Personas no creyentes pueden ser muy fieles a la Vírgen de su tierra o al Cristo que veneran. Seamos o no creyentes, estamos inmersos en la civilización cristiana, que con todas sus luces y sombras históricas se fundamenta en la bondad y la paz, que son la base de toda nuestra cultura y valores.
El Islam es una religión abrahámica que nació en La Meca, Arabia, el año 631, por tanto muy posterior al cristianismo y muy alejado de todos los valores que acabamos de citar anteriormente. El Islam es algo más que una religión, es un sistema de gobierno autoritario cuya principal ley es el Corán, que somete a sus creyentes incluso con la violencia física. El Islam, como cualquier religión, pero sobre todo como marcado sistema dictatorial, nació con vocación de extenderse y a fe que lo hizo: en pocos años se expandió por todo el norte de África hasta alcanzar el estrecho de Gibraltar e iniciar en el año 711 la invasión de la península Ibérica donde permanecería durante ochocientos años. En el siglo VII ya habían ocupado Turquía, toda Arabia y el llamado Creciente Fértil incluido lo que hoy conocemos también como Palestina, la que mucho antes fuera tierra de Israel.
El cristianismo sintió pronto la amenaza y se opuso a ella. Las Cruzadas se hicieron para liberar la Tierra Santa; la Reconquista de la península Ibérica con Covadonga, la batalla de las Navas de Tolosa y la toma final de Granada, fueron hitos importantes para frenar el avance musulmán.
La batalla de Lepanto llevada a cabo por una coalición, la Liga Santa, y comandada por don Juan de Austria, “la más alta ocasión que vieron los siglos” según Miguel de Cervantes, supuso un gran hito para frenar la expansión sarracena.
El imperio otomano también llegó a entrar en Europa a través de los Balcanes, alcanzando las proximidades de Viena, capital del imperio austrohúngaro, de donde serían desalojados al final de la Primera Guerra Mundial.
No podemos aseverar que no exista un islamismo pacífico en determinados lugares, pero es innegable que el terrorismo basado en la yihad islámica ha existido y sigue existiendo desde hace muchos años pudiendo provenir tanto del sunismo como del chiismo: Irán, la OLP, Hezbollah, Hamas, Al Qaeda, el ISIS, Boko Haram, los hutíes, y otros, marcan al línea que sigue su ideología y carencia de valores humanos.
Pero todos, los que intentan acabar con nuestra civilización a través de la violencia y los que vienen en son de paz, los unos y los otros, aprovechando la permisividad de nuestro sistema de libertades, con la ayuda de Putin y con la complicidad de ciertos movimientos políticos liberticidas propios, comparten el deseo de transformar la sociedad hasta convertirla en un mundo regido por el Corán.
Lo que hace tiempo viene ocurriendo en Francia nos puede dar una pista aclaratoria de lo que decimos: las segundas y terceras generaciones de inmigrantes musulmanes están creando infinidad de problemas. Vean las noticias y lo sabrán.
Podemos verlo o cerrar los ojos, pero la realidad es la que es. Necesitamos a los inmigrantes pero debemos aceptar solo una inmigración regulada, bien regulada y a quienes estén dispuestos a adaptarse a nuestros usos, leyes y forma de nuestra sociedad, con exigencia absoluta por nuestra parte. Una cosa es respetar su libertad religiosa, faltaría más, pero otra es que nos sometamos a sus procederes. Nos jugamos mucho.
¿Para qué sirvieron las victorias en Lepanto y en la Navas de Tolosa?¿Para nada al final? Esta es una importantísima parte de la Historia que necesitamos no olvidar. Puestos a hablar de memoria histórica, aquí tenemos algo que no deberíamos ignorar.
En estas próximas fechas Navideñas, españoles creyentes y no creyentes, unámonos todos con y por respeto a nuestras tradiciones. Y en Semana Santa, en el día del Pilar, en San Isidro, en el Rocío, en Santiago, en la Virgen del Carmen, en Nuestra Señora de Begoña, de Monserrat a la Virgen de la Candelaria y en tantas y tantas fechas y hechos hermosos que adornan nuestra patria España.