La guerra perdida
Cuando la fundación Cajasol de Sevilla programó la reciente, y momentáneamente frustrada, edición de sus jornadas, organizadas por Arturo Pérez Reverte y el periodista Jesús Vigorra, ya habían llevado a cabo otras diez, todas ellas foros de discusión sobre temas distintos y variados, objetos de debate en los que participaron muchas figuras: periodistas, políticos, escritores y pensadores de distinta ideología, sin que en ello hubiera supuesto nunca problemas de ninguna clase.
Para esta última, a la que sus organizadores han puesto el título de “la guerra que todos perdimos” y que versará sobre nuestra guerra civil, se había invitado a muchos personajes: ilustres historiadores como Juan Pablo Fusi y Enrique Moradielos, este último considerado progresista, a Manuel Álvarez Tardío, a figuras como José María Aznar, Iván Espinosa de los Monteros, Félix Bolaños, Carmen Calvo, Félix Sanz Roldán, Antonio Maillo, David Uclés, Alejandro Amenabar, Alberto Ruiz Gallardón y así hasta no menos de treinta y cinco personalidades de distintas profesiones y variada ideología.
Todos habían confirmado su asistencia, pero héteme aquí que, de repente, a algunos de los invitados se les revolvieron las revolucionarias tripas y anunciaron que no asistirían. El escritor con aspecto de perroflauta, David Uclés, alegando no compartir espacio ideológico con Aznar y Espinosa de los Monteros y por considerar inadecuado el título de las jornadas ya que “no cree que todos perdieran la guerra”. Lo mismo argumentó el político comunista en horas bajas, Antonio Maillo, que llegó a afirmar (sin ruborizarse) que su condición de filólogo no le permitía aceptar la denominación de las jornadas.
Hay que reseñar que muy poco tiempo antes el mismo Uclés había declarado en el vídeo propagandístico de un libro de otro autor que “la guerra la perdieron los de uno y otro bando”. Pedir coherencia a este tipo de personajes sería misión imposible en la que no me voy a empeñar, pero cualquier mente medianamente estructurada, sabe que en cualquier guerra todos los bandos, en mayor o menor medida, pierden mucho. Y aun más cuando se trata de una guerra civil como la nuestra en la que se mataron entre sí compatriotas, amigos y hasta familiares que se pudieron ver obligados a combatir en diferente bando, un país del que unos se tuvieron que exiliar pero en el que los que se quedaron tuvieron que sufrir unos durísimos años de posguerra y algunos hasta persecución; y, todos, tuvieron seres queridos a los que llorar. La victoria bélica solo la puede obtener uno de los bandos pero de las desgracias originadas muy pocos se libraron.
En cualquier caso ¿qué problema puede haber en debatir sobre cualquier tema? Podrían haber discrepado de cualquier cosa, título de ciclo incluido, durante los debates, pero renunciaron a exponer sus razones. ¿Temerían no tener argumentos convincentes que contraponer? Claro que es mucho más fácil exponer razones en mítines o en declaraciones individuales donde nadie pueda contradecir al exponente, que tener que confrontar con oponentes de talla reconocida.
Es muy difícil entender lo que bulle en ciertas mentes desarregladas, pero para hacernos una idea de cómo funcionan, tomemos como ejemplo lo que la podemita Ione Belarra (¡Qué éxito el tuyo en Aragón, Ione!) dijo, sin despeinarse, en una entrevista de un programa de televisión: “En España no hubo una guerra civil, lo que hubo fue un golpe de estado y después un exterminio”. El mismo Uclés, que como antes indicábamos ya se había contradicho claramente, acabó justificándose en una entrevista periodística diciendo: “Reverte cree que la guerra acabó en el 39, pero yo en el 75”, afirmación que confirma plenamente que la guerra la habríamos perdido todos al tener que soportar una dictadura tras el conflicto bélico. Pero lo que también se confirma es que, esta clase de personajes, no dará la guerra por terminada mientras no vean alcanzados los últimos objetivos de aquel infausto frente popular que no eran otros que los la revolución soviético marxista de Largo Caballero y camaradas varios. Algo que también parece ser el fin último de las leyes de memoria iniciadas por el aciago Rodríguez Zapatero.
Uclés es un buen escritor pero un joven principiante si le comparamos con el maestro Reverte y esta controversia le viene muy bien para darse a conocer por una mayoría que hasta ahora no sabía nada de él.
El caso es que finalmente, la organización ha decidido posponer el ciclo hasta el otoño ante las amenazas de grupos de ultraizquierda, no sé si amigos, correligionarios o simpatizantes de nuestros héroes aquí mencionados, todos siempre dispuestos a mostrarnos, por las buenas o mejor por las malas, que la verdadera democracia es la que ellos defienden, aunque tengan que hacerlo a pedradas.
Lo malo de todo esto es que cuando ya habíamos creído que con el ejemplar proceso de transición vivido en la España de los setenta, tiempos en los que personajes como Manuel Fraga y Santiago Carrillo fueron capaces de dialogar, de empezar a olvidar y emprender el camino del perdón y la reconciliación, cincuenta años después de la muerte del dictador, en un nuevo tiempo que comenzó, repito, con la ley de memoria histórica de Zapatero, ahora memoria democrática, los nietos de quienes combatieron en el bando republicano no dan por concluido el conflicto bélico y claman venganza por algo que no se sabe muy bien qué es. Pero es que son exactamente iguales, y piensan exactamente lo mismo, que aquellos que con sus políticas soviético-revolucionarias, sus crímenes, sus innumerables errores y sus propios intentos de golpe de estado, acabaron provocando la guerra civil.
Decía Platón que todo lo que nace proviene necesariamente de una causa, pues sin causa nada puede tener origen. Franco, el franquismo y la guerra civil fueron la causa de muchas cosas pero el dictador y la guerra fueron la consecuencia de una desdichada segunda república que ahora nos quieren hacer creer que fue una arcadia maravillosa.